The Monks, casualidades frenéticas

Por estos días, descubrir el sonido de The Monks se ha transformado en un ejercicio por volver al pasado y añorar cambios utópicos. Esto porque su música sigue siendo atípica a lo conocido, y sigue provocando como siempre.
Quizá para algunos, la Alemania de la posguerra pudo ser un lugar donde la derrota acabó con todo intento de vida. En este contexto, el camino que The Monks desarrolla es una apología a la aventura, al desorden, a ser punks cuando el término no era una opción, ni una moda.

La historia surge de cinco soldados estadounidenses, destinados en una base reservista al Este de Alemania, disfrutaban un panorama sin actividad bélica y con mucho tiempo por malgastar. Juntarse a tocar fue una idea que une el camino de cinco jóvenes americanos disconformes, entregando una banda históricamente contraria a lo convencional. Al alero de versiones de Chuck Berry, Howlin’ Wolf y Jay Hawkins, el grupo se arma de una incipiente fama bajo el nombre de “Five Torquays”, tocando regularmente en bares de Hamburgo, donde se vive el mito de la liberación bohemia que lentamente se expandiría por todo el este germano.

El término del conflicto obliga al grupo a definir su orientación, decidiendo permanecer en territorio alemán, buscando una consolidación para la banda. En ello, el country más clásico de sus influencias hogareñas se había mezclado con la aparición de los grupos beat británicos, originando un ritmo atípico, melodías rápidas y letras provocadoras que comenzaban a crear el sello del grupo. Esta irreverencia fue adornada por negras túnicas y un corte de pelo que incluía rapar la cabeza simulando una tonsura judía. El nombre (Los Monjes) mantiene esa postura estética que buscaba provocar aquellos jóvenes impregnados del flowerpower, aunque su orientación visual está más enfocada en ridiculizar el flequillo masificado por The Beatles.

En 1965, sale a la luz “Black Monk Time”, el único disco de la banda y un testimonio de historia para las derivaciones que el rock entregaría más tarde. Canciones plagadas de velocidad, probando recursos no por un interés experimental, sino como la sola explosión de frenesí e irreverencia que tejía el quinteto, liderado por el sarcástico vocalista Gary Burger, quien también conducía la composición a través de la guitarra. La banda se complMonkseta con Larry Clark en el órgano y Dave Day quien comenzó a cambiar las cuerdas de su guitarra, terminando en un híbrido más cercano al Banjo que al instrumento original. Eddie Shaw en el bajo y Roger Jhonston en la batería también cumplían en los coros, siendo múltiples las funciones de cada integrante, adecuando el formato a cada canción.

Dentro de lo rupturista que presenta ‘Black Monk Time’, encontramos el uso del drone, que busca dar con una base armónica y monótona a través del órgano y los teclados. Las guitarras se desprenden del sonido limpio en base a acoples y efectos, originando el feedback, distorsión ampliamente utilizada más tarde por grupos cercanos a las corrientes noise y shoegaze dentro del circuito rock. La batería incesante es lo que sella un sonido especial, monótono pero impredecible, que busca una melodía bailable de la que nadie queda ajeno. Frenéticamente provocativo.

Con ello, el grupo se permitió un rodaje arrollador, llegando a tocar largas horas, o varias veces por noche. Luego de un tiempo, su postura se hizo conocida y familiar, la banda recorría Alemania mostrando un sonido que influenciaría diferentes corrientes musicales. Por un lado, existía una postura político-social que siempre estuvo al frente, mostrando un discurso sarcástico, dadaísta y bastante irónico, buscando con juegos de palabras y onomatopeyas un acercamiento empático a través de la lírica.

Musicalmente, la influencia de los Monks está repartida con buenos deudos en lo que siguió de rock. Algunos han ubicado al quinteto dentro de las influencias directas del Krautrock, movimiento germánico de los 70 que destaca entre sus bandas a FAUST, reconocidos fanáticos del grupo. Más tarde, son los ingleses de The Fall quienes hacen latente la huella que Monks dejó en la isla, siendo tributados en diversas versiones que hay en algunos discos. Dos registros que abarcan este aspecto son un documental biográfico (Monks: The Transatlantic Feedback, 2009) y un disco tributo donde se destaca la participación de Alan Vega (Suicide), Jon Spencer, Silver Apples y diversas agrupaciones relacionadas al punk y la electrónica alemana. Desde luego que su sonido está presente entre nosotros y que su propuesta sigue fresca e insolente.

Larga vida a The Monks.

2 Comments

Issac Maez

dic 26th, 2009

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